Día 8. Jaffna.
Estamos en Jaffna. Se nota. La noche es mucho más fresca que en Negambo y que en Anuradaphura y no hay mosquitos, o por lo menos no los millones que había allí. Hemos por tanto dormido bastante y bien y eso es importantísimo. El día es otra cosa ya que el calor aquí es aplastante, tanto que duele sólo con estar al sol un rato. De los 35 grados no bajamos.
El plan de hoy no estaba muy claro ya que no hay demasiadas cosas para ver por aquí , incluso la Biblia se queda corta en este caso, así que hemos pensado en callejear un rato e irnos luego a alguna playita a darnos un chapuzón.
La ciudad efervesce vida. Parece mentira pero los mercados están llenos de gente regateando, comprando, mirando, y casi todos, trabajando. La ciudad, capital tamil durante tantos años y aún ahora, y supuestamente cobijo de muchos de los tigres que luchaban contra los cingaleses, tiene aún las heridas de la guerra muy abiertas. Muchos de los edificios están marcados por el conflicto, las calles deshechas y descuidadísimas, sin ningún tipo de avance tecnológico a la vista. La reclusión de la zona es más que evidente. Si vistieran de manera distinta, podría ser perfectamente Gaza. Igualmente, aún y la recién apertura del área, los productos que están a la venta son los de primera necesidad, comestibles básicamente de la zona, es decir, nada o casi nada de importaciones de cualquier tipo. Aún así, la gente es hospitalaria, quizá algo más reticente y retraída que en el resto del país, tímidos pero para nada antisociales. Hay que comprender también que los turistas por aquí son escasísimos y somos como bichos raros a los que miran y miran sin parar pero sin ninguna maldad.
Saris de colores de fantasía, frutas de todo tipo en cada esquina, pescado seco colgando entre moscas, vacas refugiándose del calor a la sombra de algún árbol y militares, sobre todo muchos militares y policías apostados en cada esquina, en cada calle y en cada puerta de cualquier edificio medio importante. Uno se acostumbra al final al ambiente postbélico y lo que tanto nos sorpendía hace unos días se ha convertido ya en algo normal y cotidiano. Es triste pero así es de real. Aquí la guerra forma parte de la rutina de la gente y con esa rutina viven su día a día. No tienen otro remedio, y aún así, en su humildad y su ignorancia, son felices, te sonríen constantemente y te dan todo lo que tienen y más.
Para dejar constancia de ello, sólo decir que hoy hemos comido y cenado por la face, sin pagar un chavo, y de lo más casero posible. La hospitalidad marca de la casa es increíble. A comer hemos ido a casa de un amigo de Shashi. Las moscas invadían el porcho y el calor sofocante era ya insoportable pero la comida, un pitu muy bueno acompañado de un pescado muy rustido, el plato típico de la zona, ha pagado todo el sufrimiento. Lo han hecho sólo para nosotros al ver que un viejo amigo los visitaba. Muy bien la verdad.
Tras la comida hemos dado una vuelta por el antiguo Fuerte que los holandeses constryueron casi 300 años antes. Está ciertamente hecho una lástima ya que ha sido utilizado más en los últimos tiempos que cuando se construyó. La dejadez propia de Sri Lanka ha hecho el resto. Además la zona estuvo plagada de minas y aún hoy se pueden apreciar zonas con carteles rojos y calaveras blancas advirtiendo el peligro de poner allí los pinreles. Luego nos hemos dado un chapuzón poco refrescante pero sí placentero en la playa de Cashina Beach, donde el agua tranquila, ardiente y un poco térbula baña las playas de arena blanca mientras los pescadores extienden sus redes y beben todi, agua de palmera ligeramente fermentada que se extrae gota a gota de las ramas del árbol, o Arrak, la bebida nacional, un destilado de coco rollo wiskhey que aquí se vende como churros. No había ni un solo extranjero.
Tras refrescarnos en el Hotel, donde éramos la atracción de la piscina llena de chavales locales chuleando aquí a las damiselas pijas que vienen de Europa y donde no nos hemos querido meter, pues debe acumular de todo ya que esta gente se mete directamente del trabajo, nos hemos ido a cenar a casa de otro amigo de Sashi, que ha estado estos dos días con nosotros haciendonos un poco de anfitrión, y por supuesto jalando por la patilla.
Rehaza, la hermana de Rehana, siempre me dice que no soy imparcial, que todo me parece muy bueno y que lo pruebo todo. Me ha bautizado como el piggy, el cerdito, de lo cual estoy muy orgulloso y de lo que extraigo la Filosofía Piggy. Creo que hay probarlo todo y en cualquier momento y situación, y si además todo está bueno, qué voy a decir? Comemos todo el día. Estamos aquí sólo un mes y es ahora cuando hay que tastar los manjares que por aquí hay. Lo mejor es no fijarse en dónde lo cocinan, por si las moscas, y mucho menos en dónde lo sirven, pero por lo demás, todo está genial. Mi estómago es una roca, una máquina que lo aguanta todo, los picantes y las novedades gastronómicas. Ni un problema aún, cago como la seda, y perdonad la sinceridad.
Así que por la noche nos hemos ido a casa de Oncle, aquí toda persona mayor a la que se le debe guardar un mínimo respeto y a la que no se conoce mucho, se le llama así, Tío o Tito. Es costumbre y como no sé el nombre del amable señor así lo voy a llamar. Para variar, en su humilde morada, nos han preparado otro estupendísimo pitu, pero mucho más bueno y completo que el anterior. Al final voy a volverme experto y recatado en la gastronomía local. Nos han puesto con el arroz, el dal y el pol sambol, unas gambas grandes y carnosas hechas unas a la brasa y otras en salsita de especias increíbles. Hemos comido tanto como hemos querido. Mientras, él, su mujer y sus tres hijos, miraban y se negaban a acampañarnos, diciendo que siempre comen más tarde y en la cocina había más comida. Nos han tratado genial y hemos charlado de un montón de cosas. La comida estaba por supuesto buenísima y cuando hemos ido a lavarnos las manos a la cocina, muy muy humilde, allí no había tanta comida como decían. Nos lo han puesto todo en la mesa sin tener ellos mucho y siendo ellos bastante pobres. No han comido por miedo a acabar con la comida y que nos quedáramos con hambre. La verdad es que me ha dado un poco de pena el llegar allí y aprovecharme de lo poco que tenían y de lo que les habrá costado preparar todo. Muchos deberían aprender de cosas así, sobre todo los suecos que son capaces de comer en tu cara sin ofrecerte nada.
Mañana abandonamos el norte y nos dirigimos al este de la isla, a la zona de Trincomalee, una de las áreas donde las luchas entre tamiles, cingaleses y musulmanes fueron más cruentas pero que afortunadamente hoy en día ya disfruta de una admirable reconciliación y una reconstrucción importante. Nos espera una de las mejores zonas de playa y me temo que mucho calor también.
Estamos en Jaffna. Se nota. La noche es mucho más fresca que en Negambo y que en Anuradaphura y no hay mosquitos, o por lo menos no los millones que había allí. Hemos por tanto dormido bastante y bien y eso es importantísimo. El día es otra cosa ya que el calor aquí es aplastante, tanto que duele sólo con estar al sol un rato. De los 35 grados no bajamos.
El plan de hoy no estaba muy claro ya que no hay demasiadas cosas para ver por aquí , incluso la Biblia se queda corta en este caso, así que hemos pensado en callejear un rato e irnos luego a alguna playita a darnos un chapuzón.
La ciudad efervesce vida. Parece mentira pero los mercados están llenos de gente regateando, comprando, mirando, y casi todos, trabajando. La ciudad, capital tamil durante tantos años y aún ahora, y supuestamente cobijo de muchos de los tigres que luchaban contra los cingaleses, tiene aún las heridas de la guerra muy abiertas. Muchos de los edificios están marcados por el conflicto, las calles deshechas y descuidadísimas, sin ningún tipo de avance tecnológico a la vista. La reclusión de la zona es más que evidente. Si vistieran de manera distinta, podría ser perfectamente Gaza. Igualmente, aún y la recién apertura del área, los productos que están a la venta son los de primera necesidad, comestibles básicamente de la zona, es decir, nada o casi nada de importaciones de cualquier tipo. Aún así, la gente es hospitalaria, quizá algo más reticente y retraída que en el resto del país, tímidos pero para nada antisociales. Hay que comprender también que los turistas por aquí son escasísimos y somos como bichos raros a los que miran y miran sin parar pero sin ninguna maldad.
Saris de colores de fantasía, frutas de todo tipo en cada esquina, pescado seco colgando entre moscas, vacas refugiándose del calor a la sombra de algún árbol y militares, sobre todo muchos militares y policías apostados en cada esquina, en cada calle y en cada puerta de cualquier edificio medio importante. Uno se acostumbra al final al ambiente postbélico y lo que tanto nos sorpendía hace unos días se ha convertido ya en algo normal y cotidiano. Es triste pero así es de real. Aquí la guerra forma parte de la rutina de la gente y con esa rutina viven su día a día. No tienen otro remedio, y aún así, en su humildad y su ignorancia, son felices, te sonríen constantemente y te dan todo lo que tienen y más.
Para dejar constancia de ello, sólo decir que hoy hemos comido y cenado por la face, sin pagar un chavo, y de lo más casero posible. La hospitalidad marca de la casa es increíble. A comer hemos ido a casa de un amigo de Shashi. Las moscas invadían el porcho y el calor sofocante era ya insoportable pero la comida, un pitu muy bueno acompañado de un pescado muy rustido, el plato típico de la zona, ha pagado todo el sufrimiento. Lo han hecho sólo para nosotros al ver que un viejo amigo los visitaba. Muy bien la verdad.
Tras la comida hemos dado una vuelta por el antiguo Fuerte que los holandeses constryueron casi 300 años antes. Está ciertamente hecho una lástima ya que ha sido utilizado más en los últimos tiempos que cuando se construyó. La dejadez propia de Sri Lanka ha hecho el resto. Además la zona estuvo plagada de minas y aún hoy se pueden apreciar zonas con carteles rojos y calaveras blancas advirtiendo el peligro de poner allí los pinreles. Luego nos hemos dado un chapuzón poco refrescante pero sí placentero en la playa de Cashina Beach, donde el agua tranquila, ardiente y un poco térbula baña las playas de arena blanca mientras los pescadores extienden sus redes y beben todi, agua de palmera ligeramente fermentada que se extrae gota a gota de las ramas del árbol, o Arrak, la bebida nacional, un destilado de coco rollo wiskhey que aquí se vende como churros. No había ni un solo extranjero.
Tras refrescarnos en el Hotel, donde éramos la atracción de la piscina llena de chavales locales chuleando aquí a las damiselas pijas que vienen de Europa y donde no nos hemos querido meter, pues debe acumular de todo ya que esta gente se mete directamente del trabajo, nos hemos ido a cenar a casa de otro amigo de Sashi, que ha estado estos dos días con nosotros haciendonos un poco de anfitrión, y por supuesto jalando por la patilla.
Rehaza, la hermana de Rehana, siempre me dice que no soy imparcial, que todo me parece muy bueno y que lo pruebo todo. Me ha bautizado como el piggy, el cerdito, de lo cual estoy muy orgulloso y de lo que extraigo la Filosofía Piggy. Creo que hay probarlo todo y en cualquier momento y situación, y si además todo está bueno, qué voy a decir? Comemos todo el día. Estamos aquí sólo un mes y es ahora cuando hay que tastar los manjares que por aquí hay. Lo mejor es no fijarse en dónde lo cocinan, por si las moscas, y mucho menos en dónde lo sirven, pero por lo demás, todo está genial. Mi estómago es una roca, una máquina que lo aguanta todo, los picantes y las novedades gastronómicas. Ni un problema aún, cago como la seda, y perdonad la sinceridad.
Así que por la noche nos hemos ido a casa de Oncle, aquí toda persona mayor a la que se le debe guardar un mínimo respeto y a la que no se conoce mucho, se le llama así, Tío o Tito. Es costumbre y como no sé el nombre del amable señor así lo voy a llamar. Para variar, en su humilde morada, nos han preparado otro estupendísimo pitu, pero mucho más bueno y completo que el anterior. Al final voy a volverme experto y recatado en la gastronomía local. Nos han puesto con el arroz, el dal y el pol sambol, unas gambas grandes y carnosas hechas unas a la brasa y otras en salsita de especias increíbles. Hemos comido tanto como hemos querido. Mientras, él, su mujer y sus tres hijos, miraban y se negaban a acampañarnos, diciendo que siempre comen más tarde y en la cocina había más comida. Nos han tratado genial y hemos charlado de un montón de cosas. La comida estaba por supuesto buenísima y cuando hemos ido a lavarnos las manos a la cocina, muy muy humilde, allí no había tanta comida como decían. Nos lo han puesto todo en la mesa sin tener ellos mucho y siendo ellos bastante pobres. No han comido por miedo a acabar con la comida y que nos quedáramos con hambre. La verdad es que me ha dado un poco de pena el llegar allí y aprovecharme de lo poco que tenían y de lo que les habrá costado preparar todo. Muchos deberían aprender de cosas así, sobre todo los suecos que son capaces de comer en tu cara sin ofrecerte nada.
Mañana abandonamos el norte y nos dirigimos al este de la isla, a la zona de Trincomalee, una de las áreas donde las luchas entre tamiles, cingaleses y musulmanes fueron más cruentas pero que afortunadamente hoy en día ya disfruta de una admirable reconciliación y una reconstrucción importante. Nos espera una de las mejores zonas de playa y me temo que mucho calor también.
No hay comentarios:
Publicar un comentario