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J U L I O 2 0 1 0


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Hace muchos años que este viaje nos estaba esperando. La idea de viajar a la isla donde nació Rehana estuvo presente, rondando en nuestras cabezas, prácticamente desde que nos conocimos. Pero ya fuera por el recrudecimiento de la guerra, por el Tsunami del 2004, o por la pereza de vernos obligados a visitar a familia y demás, lo hemos ido posponiendo años tras año. Este verano finalmente vamos a cumplir con una gran ilusión y visitar Sri Lanka.


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jueves, 8 de julio de 2010

Sin novedad en el frente.

Día 9. Jaffna - Trincomalee.
Hoy ha sido un día inesperadamente espectacular. Sin comerlo ni beberlo nos hemos visto metidos en un campamento militar, charlando distendidamente con los altos mandos, zumito de mango fresco en mano, y todo ha sido gracias, nuevamente, a los contactos de Shashi "bapa".
Como de costumbre hemos madrugado. La intención era salir temprano hacia nuestro próximo destino, Trincomalee, y llegar con el suficiente tiempo para buscar alojamiento tranquilamente. Desde Jaffna hasta Omantai, el punto de control que separa el norte del resto de la isla, la carretera es complicadísima, ya lo comprobamos cuando subíamos hacia el norte, y desde Medawachchiya hasta Trinco la carretera, si es que así puede denominarse al camino de cabras, es aún peor, horrible sencillamente. Así que preveyendo lo tortuosos y pesado de la jornada, unos 250 Km hemos salido tan pronto ha sido posible. Aquí las distancias se triplican por el mal estado del asfalto, el tráfico y los numerosísimos controles militares que estan apostados a ambos lados de la carretera cada pocos centenares de metros. No sé si nos han parado como 10 o 12 veces y sólo viniendo.
La cuestión es que después de desayunar fuerte en un puesticeito de carretera, roti, dal, y , demás, lo de siempre vamos, hemos ido marchando hasta llegar al bar de carretera que tienen montado los militares justo a las afueras de Jaffna. De venida ya paramos ahí, y mientras comíamos en un ambiente marcial Shashi se reencontró con un antiguo amigo suyo, de su pueblo, y le dijo que cuando volvieramos lo llamáramos, que nos arreglaría algo. Aquí la palabra arreglar tiene muchos significados, todo se puede arreglar, todo es posible si se tienen los contactos correctos. Shashi los tiene. Sin pensar que estaríamos mucho rato, que simplemente querría ser cortés y tomar un refreco con nosotros, nos hemos tirado casi 2 horas ahí. Hemos sido privilegiadísimos por lo que ha ido pasando a partir de ahí.
Hemos estado en el campamento del Segundo Batallón de Infantería del Ejercito de Sri Lanka. El campamento está situado justo en una de las zonas en las que la lucha entre los leones singaleses y los tigres tamiles fue más fuerte, en la mismísima línea de fuego donde tan sólo hace unos meses se disparaba y se realizaban incursiones militares. Está protegidísimo y vigilado por todos lados. El Batallón dispone de unos 800 hombres y al parecer, el amigo de Shashi ocupa un cargo más importante de lo que él creía. Es sargento y gracias a su posición y a su buen entendimiento con los altos mandos hemos sido autorizados a entrar en el campo. No todo el mundo puede hacerlo, y no porque quiera impresionar lo digo, pero muy muy pocos pueden entrar a un campamento así como así, ni sus mismas familias pueden, y nosotros estábamos allí. Estábamos en una película de Rambo. Estábamos realmente en la guerra pero no una guerra de cine sino en una guerra de verdad. Las alambradas, las armas, los entrenamientos, los tanques, los misiles, los mapas militares, todo eso era real. Y aunque cuando hablan parece que lo que dicen no es nada serio, siempre tienen una sonrisa aún y la adversidad, lo que aquí ha sucedido es muy cierto. Las heridas de guerra que hemos  visto, los miles de soldados, de un lado y otro, que están sin piernas, brazos, ojos, etc, las largas estancias en el frente sin ver a familia y amigos, todo eso, todo, es totalmente real. Impacta escuchar lo que dicen, lo que cuentan, siempre con un deje de patriotismo comprensible. No se ven como héroes, se ven como protectores de su patria, se ven como personas que poseen una deuda por el sacrificio de muchos otros en todos estos años. Entristece bastante escuchar esas historias, el saber que están sacrificando su vida, casi toda su juventud, por un ideal o por un ínfimo salario. Cuando hablaban y miraba a los chavales que formaban fuera de la choza que hace de oficina, no podía más que pensar en Sin novedad en el frente, un fantástico libro que describe a la perfección la crudeza y la estupidez de la guerra y de la pérdida de una generación entera de personas. Han sido muy amables con nosotros, hemos charlado con el Sargento, con el Sargento Mayor, y con el Comandante, un tío chulete que tenía las cosas muy claras. Como siempre han sido buenos anfitriones, hemos tomado tambili,  de coco, zumo de mango y nada más porque no hemos querido abusar. La verdad es que con el calorazo que pegaba en el campo apetecía. Sólo pensar que esta gente vive y trabaja aquí 24 horas al día a uno se le ponen los pelos de punta. No nos han dejado, por seguridad, hacer muchas fotos en el interior. Igualmente nos han comentado que si los tamiles atacaran algún sitio, el primero sería ese campamento, nos han dicho que tranquilos, que todo estaba todo controlado, pero ciertamente da un poco de cosa el pensar que podríamos estar en un objetivo bélico. Antes de salir el responsable del armamento nos ha enseñado los tanques que tienen en batería, los más antiguos rusos y los más nuevos chinos. Nos ha explicado cómo funcionan, cuántas personas los llevan (mínimo 3), cómo van equipados, que el entrenamiento lo realizan en India y que después de la finalización, teórica por supuesto, del conflicto los fondos para el ejército son cada vez menores y los soldados que han sido heridos posiblemente no serán damnificados. He salido realmente impactado por la visita, pensando en cuán privilegiados hemos sido y cuán complicado y duro es esto de la guerra.
Desde el campamento militar hasta el puesto de control hemos tardado unas 2 horitas de baches interminables, autobuses abarrotados adelantandose unos a otros peligrosamente, hemos pasado por delante de un accidente con un motorista muerto en el suelo, y puestos y puestos de control y torretas de vigilancia en las orillas de la carretera, non stop. De tanto en tanto nos cruzábamos con equipos de las Naciones Unidas que limpiaban el terrenos de minas. La verdad es que da un poco de miedo el pensar que saliendo del margen de la carretera el terreno es totalmente inseguro. Hay un montón de zonas marcadas con cintas y carteles advertiendo del peligro. Según nos contaron los militares todavía hay aproximadamente unos 2 millones de minas, de un bando y de otro, enterradas en la zona norte del país. Tardarán, metro a metro, unos 20 años en limpiarlo todo. Acojona ciertamente pensar en lo que hay a dos palmos del suelo en este país y el constante que corre la gente sin tener remedio, pues tienen que seguir trabajando y viviendo aquí.
En el puesto de control nos han registrado mochilas y furgo y tras mostrar papeles y demás, hemos seguido nuestra marcha. Al llegar a Medawachchiya hemos torcido a la izquierda y ha empezado lo peor del día. Un camino de tierra bacheado hasta más no poder, una lluvia torrencial y millas y millas por delante. Ha sido una tortura. Lo único que ha valido la pena ha sido el paisaje, lleno del verdor exhuberante propio de la zona, pavos reales cruzando la Van y bufalos pastando.
El noreste del país es otra de las zonas delicadas del país. Ha sido, igual que el norte, un punto de luchas entre leones y tigres, si Torrebruno levantara la cabeza en este país iba a pedir derechos de autor, y durante mucho tiempo ha estado cerrada. Trincomalee es la ciudad más importante de la zona y hacia ahí nos dirijimos.

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